La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho» —líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una de las organizaciones más violentas de México—, desató una ola de terror que transformó la calma de Puerto Vallarta en un escenario de guerra. Entre los civiles atrapados en medio del caos se encontraba Martín Vargas, un argentino oriundo de Cañada de Gómez que reside en la ciudad mexicana desde hace casi tres años. El cañadense contó su experiencia en el programa «Un buen día» por CDG24 radio, y comentó como lo que comenzó como una rutina deportiva de domingo se convirtió en una huida desesperada por sobrevivir.
Del «día espectacular» al humo negro
El domingo amaneció con un clima ideal, un «invierno de 25 grados» que invitaba a la actividad física. Martín acompañaba en bicicleta a su esposa, Victoria, una maratonista que realizaba un entrenamiento de 20 kilómetros hacia la zona del Malecón. Sin embargo, al acercarse al muelle, el paisaje cambió drásticamente. Lo que inicialmente parecía un incendio forestal en el cerro reveló una naturaleza mucho más siniestra.
«Empezamos a percibir que el humo ya era oscuro, que ya tenía olor como a plástico», relató Vargas sobre el momento en que la sospecha se volvió certeza. La confirmación llegó a través de los habitantes locales: «Mira, aparentemente son los narcos, la maña… que están prendiendo autos, colectivos… para que no pueda pasar ni el ejército».
La huida: «Éramos un blanco fácil»
El regreso a su hogar, un trayecto de ocho kilómetros, se transformó en una carrera contra el tiempo bajo un cielo que se había vuelto «prácticamente de noche» por el humo de los incendios. La violencia se manifestó de frente cuando, a poco más de un kilómetro de su casa, presenciaron cómo incendiaban un vehículo en plena carretera.
En ese momento, el contacto visual con presuntos miembros del cártel precipitó la urgencia. «Vimos una camioneta que retrocedía, eran dos narcos que me miraron, yo los miré… le digo a Victoria: ‘Empezá a correr más fuerte de lo que venías porque nos están siguiendo’», recordó Vargas. Junto a otras 15 personas, lograron refugiarse en un condominio gracias a la intervención de la seguridad privada.
Desde la azotea de un cuarto piso, la pareja observó la magnitud del desastre: explosiones, negocios saqueados, drones lanzando granadas y un incesante desfile de motocicletas provocando incendios. El terror se alimentaba además por la información que circulaba en redes y mensajería: «Nos empezaban a llegar mensajes que decían que toda aquella persona, aquel civil que saliera a la calle, se le iba a disparar».
Una calma tensa y la zona liberada
Vargas denunció que, durante el pico de violencia, las fuerzas de seguridad locales desaparecieron de las calles. «Mientras ocurría todo esto, no andaba nadie… o sea, que hicieron lo que tenían que hacer o lo dejaron lo que tenían que hacer», señaló, sugiriendo una posible zona liberada. Solo tras el arribo de un barco con militares de la Marina y el despliegue de patrullas, la situación comenzó a estabilizarse levemente.
Históricamente, Puerto Vallarta ha sido considerada una de las ciudades más seguras de México, un punto estratégico que los cárteles solían «cuidar» por su relevancia para el turismo estadounidense y canadiense. No obstante, este evento quebró esa percepción de inmunidad.
El día después: Incertidumbre y falta de servicios
Hoy, aunque algunas actividades se retoman, las escuelas permanecen cerradas y la ciudad continúa sin servicio de internet, presuntamente para entorpecer la operatividad de los grupos criminales. Para este cañadense, la sensación de seguridad que le permitía salir a correr a cualquier hora de la madrugada ha desaparecido.
«La inseguridad sí la sentimos a partir del día domingo… y hoy te digo sinceramente que tengo incertidumbre», concluyó Vargas, reflejando el sentir de una ciudad que, tras la caída de un capo, ya no vuelve a ser la misma.





