La figura de José de San Martín no es solo un recuerdo estático en los libros de texto; es una presencia constante que moldea la identidad argentina. Cada 17 de agosto, el país no solo conmemora un feriado, sino que reflexiona sobre el hombre que se convirtió en el «Padre de la Patria». Sin embargo, detrás de la estatua ecuestre existe una compleja historia de construcción política, desafíos sociales y un compromiso inquebrantable con la soberanía que merece ser redescubierta.
El profesor de Historia Mauricio Cocchiarella pasó por CDG24 Streaming, profundizó sobre los aspectos más importantes sobre la vida del General que marcó la historia argentina profundamente y analizó los factores que llevaron a San Martín a ser el prócer más destacado de nuestra nación.
La Fabricación del «Padre de la Patria»: El Relato de Mitre
Hacia finales del siglo XIX, la élite liberal argentina enfrentaba el desafío de unir a un país fragmentado. En aquel entonces, la identidad nacional era inexistente; según nos cuenta Cocchiarella, si a un habitante de 1820 se le preguntaba «¿Cuál es tu patria?», un salteño respondía «Salta» y un cordobés respondía «Córdoba». Para amalgamar estas identidades provinciales en una sola nación, Bartolomé Mitre publicó en 1887 su Historia de San Martín, erigiéndolo como la figura máxima. La elección no fue azarosa, sino un descarte estratégico de otros candidatos.
En la construcción de una figura capaz de representar la unidad nacional, otros protagonistas de la historia argentina habrían quedado relegados por las limitaciones que la élite de la época encontraba en sus trayectorias. Bernardino Rivadavia, identificado con un unitarismo extremo y asociado además a la primera deuda externa del país, representaba una figura que podía profundizar las divisiones con las provincias del interior y dificultar el consenso buscado. Manuel Belgrano, en tanto, pese al reconocimiento de su nobleza y su papel fundamental en la independencia, cargaba con derrotas militares sufridas en el Norte y con distintos rumores y mitos construidos alrededor de su vida personal, entre ellos versiones sobre su voz y su sexualidad. Estas características no se ajustaban al modelo de guerrero invencible y viril que la élite de la Generación del 80 pretendía proyectar como símbolo de la Nación.
San Martín era la pieza que «le cerraba a todos». Ofrecía la imagen del estratega exitoso y el guerrero invencible. Fue la figura unificadora necesaria para que los argentinos dejaran de verse como habitantes de provincias aisladas y comenzaran a sentirse parte de una sola nación. No obstante, el hombre real era mucho más complejo que el mito militar.
El Retorno del Revolucionario y la Desmitificación del «Espía Inglés»
En 1812, tras una destacada carrera militar en España contra las tropas napoleónicas, San Martín decidió regresar a su tierra natal para sumarse a los movimientos insurreccionados que ya florecían en América. Su compromiso quedó plasmado en una declaración rescatada por la historiografía de Felipe Pigna:
«Desde este momento me decidí a ampliar mis cortos servicios en cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados… Preferí venirme a mi país nativo en el que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances».
Realidad vs. Acusación: ¿Fue un agente de Gran Bretaña?
Sectores «antisanmartinianos» han intentado señalarlo como un espía británico, argumentando sus vínculos con Inglaterra. Sin embargo, la realidad histórica desmiente esta versión:
- La Logia en Contexto: Si bien se vinculó con la Logia de los Caballeros Racionales (fundada en Londres en 1798), esta era una organización político-militar de alcance americano. Su desprendimiento local, la Logia Lautaro, buscaba la independencia, no la subordinación.
- Contraste con Alvear: Mientras que su contemporáneo Carlos María de Alvear propuso formalmente entregar estas tierras como un protectorado británico, San Martín se opuso frontalmente a cualquier entrega de soberanía.
- La Enmienda Soberana: La prueba definitiva de su autonomía política ocurrió días después del 9 de julio de 1816. San Martín insistió en que se agregara al acta de independencia la frase «y de toda dominación extranjera», cerrando la puerta a cualquier intento de protectorado inglés o de otra potencia.
San Lorenzo y la Gobernación de Cuyo
Su bautismo de fuego en suelo argentino fue el Combate de San Lorenzo (1813). Allí aplicó la táctica napoleónica de pinzas para repeler a los realistas que buscaban ganado en las costas del Paraná. Fue una victoria relámpago donde el sacrificio de Cabral salvó la vida del general, permitiendo que la gesta continuara.
Pero San Martín fue mucho más que un sable. Durante su gestión como Gobernador de Cuyo, demostró ser un estadista con una visión industrialista y progresista adelantada a su tiempo:
- Impulso a la industria: No se limitó a las armas; fomentó la agricultura, la producción vitivinícola y la metalurgia, pensando en un país que procesara sus propios recursos.
- Educación pública: Fue un ferviente promotor de la cultura, creando bibliotecas bajo la premisa de que un pueblo instruido es difícil de esclavizar.
- Reforma carcelaria: Ordenó y humanizó el sistema de prisiones, buscando la dignidad incluso en el castigo.
- Sistema impositivo progresivo: Implementó reformas tributarias, estableciendo que «paguen más los que más tienen», un concepto revolucionario para la época.
El Abandono de Buenos Aires
La tensión entre San Martín y el gobierno central de Buenos Aires (el Directorio) llegó a su punto crítico cuando se le ordenó regresar con su ejército para reprimir a los caudillos federales del interior, como Estanislao López y Francisco Ramírez. San Martín desobedeció la orden tajantemente, afirmando que jamás usaría su sable para «derramar sangre de hermanos».
El punto clave fue que el gobierno de Buenos Aires «le soltó la mano». Sin recursos ni apoyo de su propia capital para la campaña final en Perú, San Martín entendió que debía dar un paso al costado para que las fuerzas de Bolívar terminaran la obra emancipadora.
El Destierro Amargo y el Legado Fuera del Eje
El retiro de San Martín fue un acto de coherencia. En 1829 intentó regresar al país, pero al llegar al puerto de Buenos Aires y enterarse del fusilamiento de Manuel Dorrego y la guerra civil desatada, decidió ni siquiera desembarcar. No quería que su presencia sirviera para profundizar las luchas fratricidas.
Falleció en Francia el 17 de agosto de 1850, y sus restos regresaron recién en 1880 bajo el gobierno de Julio A. Roca.
Su mausoleo en la Catedral Metropolitana presenta una anomalía arquitectónica: está ubicado en una zona lateral, fuera del eje central del templo. Este «desplazamiento» responde a su pertenencia a la masonería; la Iglesia de finales del siglo XIX aceptó recibir sus restos, pero mantuvo la distancia simbólica propia de la época hacia los miembros de las logias.
Como reflexión final, podemos decir que recuperar al San Martín humano es la única forma de rescatar su verdadero legado. Su grandeza no reside únicamente en la victoria militar, sino en su capacidad ética de anteponer el bienestar de la patria a cualquier ambición personal.





